
Por naturaleza, el derecho irrenunciable y la responsabilidad de la educación de los alumnos corresponde a sus padres, a quienes el colegio ayuda en su tarea indelegable de primeros y fundamentales educadores.
La familia es el ámbito propio del desarrollo más profundo de la persona: las actitudes más radicales ante la vida, la formación moral y religiosa, el uso responsable de la libertad y, en general, la orientación y el cultivo de la personalidad se educan principalmente en el seno familiar. Allí, la persona recibe los primeros y más decisivos estímulos para su desarrollo. Familia y colegio se necesitan mutuamente, pero el protagonismo lo tiene la primera.
La responsabilidad de los padres en la educación de sus hijos abarca todos los aspectos de ésta. También su aprendizaje, en cuanto esta actividad es un medio fundamental para la formación de la inteligencia y la voluntad, de la persona. El colegio que responsablemente eligen los padres para sus hijos haciendo uso de su derecho es un complemento educativo de la familia, nunca un sustituto.
Cuando familia y colegio coinciden en ser dos entornos equilibrados y coincidentes en valores, se están sentando las bases más firmes para una educación de calidad: proyecto educativo personal en el seno de la familia y propuestas educativa escolar deben estar en armonía.
Corresponde al centro educativo, en primer y principal lugar, ayudar a los padres de los alumnos para que puedan ser de hecho lo que les corresponde por derecho: los primeros y principales educadores de sus hijos. Originariamente, los padres –el matrimonio en común– son los únicos que tienen el derecho y deber de educar a sus hijos. Los profesores participan de este derecho-deber subsidiariamente, en la medida que los padres –sintiéndose insuficientes para llevar a cabo algunas de sus funciones educativas– les realizan este encargo y les solicitan ayuda, sin dejar por ello su responsabilidad.
En efecto, son los padres quienes han de proponer las metas educativas para sus hijos, quienes trazan las líneas maestras de un auténtico proyecto educativo personal: ¿Qué quiero para mi hijo? ¿Cómo lo quiero educar? En la práctica, empiezan a responder a esas preguntas cuando eligen un determinado tipo de centro educativo para sus hijos. Cuando hay auténtica convivencia familiar, los niños aprenden a asumir distintos papeles y adquieren habilidades de relación, apertura y comunicación. Está comprobado que los niños que juegan con su familia desarrollan destrezas intelectuales y el sentido de regulación social que tienen las normas. Hablar con los hijos supone darse a conocer y conocerles, y ese conocimiento engendra y aumenta el amor; supone expresar las propias emociones y enseñarles a expresar las suyas; supone enseñar a resolver los problemas dialogando y un largo etcétera de efectos positivos.
